La depresión desde la realidad

mujer deprimida
El post de hoy es más especial que nunca, hoy vamos a hablar de depresión desde dos puntos de vista muy distintos, la perspectiva de una persona que la ha padecido y la de su pareja. Estos testimonios van a ayudaros a comprender que los dos puntos de vista son duros por igual
 
La persona que padece depresión como veréis, se siente hundida, sin fuerzas para hacer frente a la vida y la persona que vive esta situación a su lado se ve abrumada por la situación se siente sola frente a todo, viendo como el que antes era su compañero/a, se va distanciando cada vez más y sin acabar de comprender como no se aferra a la vida aunque sólo sea por ellos.
 

Os dejo con los testimonios de David y Elisa que os van a ayudar a sentiros identificados si habéis pasado por esto o a entenderlo mejor.

David

La depresión te puede llegar por motivos muy diferentes. Mucha gente cree que es un estado de profunda tristeza o de soledad, pero yo la definiría, más bien, como la incapacidad para enfrentarse a la vida, literalmente, la vida te supera y cualquier acción o decisión por mas nimia que pueda ser considerada, supone una tarea hercúlea.

Aunque pueda no parecerlo, sigue siendo difícil, aun viéndolo en retrospectiva, tratar de explicar a alguien que no ha pasado por este estado, lo que significa la depresión, como se vive la depresión.
 
Haciendo memoria, he recordado que hay un vídeo muy bueno que habla sobre “el perro negro” (enlace aquí) y que explica este estado bastante bien. Una vez eres absorbido por la oscuridad de la depresión, esta te acompaña en todo momento, hace que las cosas que siempre te han gustado dejen de gustarte, hace que pierdas las ganas por todo, que pierdas el apetito, que pierdas la confianza en ti mismo… dejas de hablar, dejas de cuidarte, dejas de salir, dejas de querer vivir.
silueta hombre deprimido
 
En mi caso la depresión venia acompañada de ansiedad, y juntas formaban un tándem que me impedía, entre otras cosas, salir a la calle. El simple hecho de pensar en salir, el mero hecho de pensar en que iba a estar expuesto, hacía que me costara respirar, me hacía tener taquicardia y sudoraciones, me dejaba completamente paralizado. También hacía que me molestara la luz del sol, así que pasaba el día en la penumbra, con todas las persianas de casa bajadas…..
 
A posterior, tratando de explicárselo a mi mujer, a menudo he usado este ejemplo, aunque no describe del todo la situación, puede que ayude a entenderla. Es como si te vieras a ti mismo desde fuera, te van pasando cosas, pero no te pasan a ti, eres como un espectador, como alguien que simplemente está viendo pasar su vida pero que no tiene capacidad de reacción, y no te pasa a ti, sino a ese cuerpo vacío que sigue estando ahí, aunque tú ya no estés o no puedas estar. Las sensaciones te llegan amortiguadas, como si tuvieras una manta liada en la cabeza, te llegan tarde, tanto las sensaciones como tus reacciones, y éstas, además pueden ser desproporcionadas al estímulo…y ver como todo esto ocurre sin que puedas reaccionar te hunde aún más…
 
Aunque lo peor de todo, lo más cruel, era lo que yo llamaba “los instantes de lucidez”, en los que de una manera cruda y desgarradora era consciente de mis imposibilidades, de mis terrores, de mis incapacidades, y entonces además del dolor que eso me producía y que era aún más intenso, puesto que hasta esos instantes me encontraba sumido en una ausencia de sensaciones, además, sentía culpabilidad y vergüenza de que me vieran en ese estado, de que los demás sufrieran porque yo me encontraba en ese estado, de ver como se esforzaban por llegar a mi, pero era en vano, porque, aunque yo si que quisiera a las personas que me rodean, era incapaz de expresarlo o demostrarlo, no sabía cómo, en mi mente se había alzado una barrera, un muro que bloqueaba todo pensamiento, toda acción o toda reacción.
 
Muchos llegamos a pensar que los demás lo tendrían mas fácil, que sufrirían menos si nosotros ya no estuviéramos, si no fuéramos una carga… muchos pensamos en quitarnos de en medio, sí, yo llegue a pensar en suicidarme y aunque pueda parecer extraño en ese terrible momento de consciencia fue cuando decidí contárselo a mi mujer y a mi madre y juntos buscamos ayuda.
 
Y fue lo que salvó mi vida, su amor incondicional y la ayuda que me prestaron.
 
En el programa de Jordi Évole, “1 de cada 5”, se habló mucho de que no se trata la depresión lo suficiente en la sanidad pública y, desde mi punto de vista, es cierto. Están tan desbordados que no pueden ofrecerte más que una sesión cada mes o con suerte cada 15 días, y sus profesionales no están preparados para tantos casos, están saturados, con lo que la ayuda que te pueden prestar es una simple escucha activa y poco más, eso y medicación, por supuesto.
 
También pase por la psicóloga de la mutua que llevaba mi caso, que era muy buena persona, pero se limitaba a constatar que estaba depresivo, que seguía en ese estado y poco más, aparte de compadecerme un poco y de decirme que era muy duro, que ella había pasado por lo mismo y que me comprendía.
 
Una vez decidido que quería recuperarme, que quería sanarme por mi bien y por el amor que sentía hacia mi mujer y mi familia, ninguno escatimamos esfuerzos. Teníamos claro que solo con la sanidad pública y la muta no iba a ser suficiente, así que buscamos un psicólogo particular.
 
Aunque yo estaba en el paro y no llegábamos a fin de mes era esencial que me tratara un profesional, así que el coste económico pasó a un segundo plano. Pasé por dos psicólogos antes de llegar al profesional que me curó. El primero pretendía tratarme con hipnosis, puede parecer hilarante ¿verdad? El segundo era un buen profesional, serio e implicado, pero digamos que no cuajó conmigo.
 
Y finalmente, llegué a manos de mi psicóloga y posteriormente amiga, que fue la que realmente me ayudó.
 
En el fondo encontrar al profesional adecuado es como enamorarse, puedes ver a muchos y puede que sean muy buenos en lo suyo, pero desde mi experiencia tiene que haber un “click”, algo que encaje, una conexión especial… después de todo le vas a desnudar tu alma a ese extraño, ¿no?
 
Con los años me he dado cuenta de que la depresión no se cura, de que con ayuda profesional y esfuerzo logramos que los altibajos se suavicen, de que nos dan herramientas para gestionar todo lo que nos hace sentir que la oscuridad acecha… pero que siempre esta ahí, en algún lugar y que de alguna forma nos ha hecho un poco más grises… y quizás, también un poco mas sabios.

Gracias a mi terapeuta, Amparo.

Gracias a mi mujer, Elisa, y gracias a mi madre, Ángela, sin ellas no lo hubiera conseguido, soy un hombre muy afortunado por contar con ellas.
mujer deprimida

Elisa

Padecer una depresión es muy duro, pero acompañar a una persona con depresión, es casi igual de duro, aunque no sea comparable, puesto que el acompañante no está sufriendo esa enfermedad… aunque sí sufre otras cosas.
 
Al principio puede que no fuera consciente de lo que le estaba pasando a mi marido, simplemente notaba en él cierto abatimiento, notaba la preocupación continua, el llanto en cada llamada, la angustia… él me daba la sensación de que él no tenía escapatoria, de que todo era forzado, de que él no quería rendirse, no quería fallar… pero tampoco podía seguir mas… Intentad imaginar lo indefensa, lo inútil, pero, sobre todo, lo perdida que me sentía… No sabía que le pasaba a mi marido, que podía ser tan grave para que llegase a sentirse tan mal como para que yo no fuese suficiente ayuda.
 
Convivir con una persona con depresión las 24h del día es como darle la mano a un pedazo de corcho en la mas completa oscuridad. Sobre todo, cuando empiezan con el tratamiento, cuando les dan medicaciones fortísimas para anularlo todo, apenas si están despiertos y si lo están, es como si no lo estuvieran. La luz le molestaba, siempre con las persianas bajadas, como en una prisión de oscuridad donde pasan los días sin tener consciencia real de las horas, de los minutos, de los segundos…
 
Te vas de casa cada mañana dejando a un trozo de corcho durmiendo en tu cama, viviendo en modo de “pausa” en el reproductor de su vida, mientras la tuya sigue en “play” cada vez que pones un pie fuera de casa.
 
Sales fuera y te encuentras con el contraste, con que la vida sigue y y lo primero que te despierta es la luz, ese sol que brilla, esa energía que recarga, y te vas a trabajar pensando en cómo es posible que la persona a la que más quieres no quiera sentir ese calor, esa chispa, esas ganas de gritar “buenos días” al mundo. Con el tiempo, comprendí que no es que él no quisiera, es que básicamente, no podía, no era algo que él pudiera controlar.
 
Y, en cierto modo, sigues tu rutina con cierta tranquilidad porque sabes que tu “pedazo de corcho” hiper medicado, al menos no tendrá ni fuerzas para intentar acabar con todo, con él, con su vida, con la mía, con la nuestra… Porque así es, a una persona con depresión profunda, siempre le ronda en la cabeza eso de “quitarse de en medio” para acabar con todo lo que duele, para dejar de hacer daño a los que quiere…
Recuerdo el primer test que rellenamos juntos para evaluar su depresión y quedarme impactada cuando respondió “SI” a la pregunta “¿alguna vez has pensado en quitarte la vida?” … “¿Cómo?”, le pregunté. Y es ahí cuando te das cuenta que quizás no lograste ver, no escuchaste lo suficiente, no percibiste aquellas primeras señales de auxilio que, esa persona que se levanta y se acuesta contigo cada día, te estaba enviando.
 
Desde mi punto de vista, “depresión”, es una palabra que se utiliza demasiado y mal. Ahora es fácil oír a cualquier persona decir que está “depre” aunque lo que le pasa en realidad es que está simplemente triste, pero es que, como la tristeza es una cosa sobre la que nadie quiere hablar, un sentimiento o sensación que se esconde y que siempre se enmascara con un “¿Yo? Yo estoy estupendamente”, porque nadie tiene tiempo de escuchar los problemas de los demás, ya tenemos suficiente con los propios y no queremos gente “tóxica” a nuestro lado, solo gente que nos recargue las pilas … y nos esforzamos por ofrecer la mejor versión de nosotros mismos de cara a la galería, para ser aceptados por la sociedad, incluso para aceptarnos a nosotros mismos, a ver si así, también conseguimos auto engañarnos y nos convencemos de que todo “va bien”.
 
Quizás, esa podría ser la raíz de muchas depresiones, una tristeza o una soledad que no se gestionó a tiempo, que no se aprendió a reconocer o compartir, la gente apenas ya si se para a hablar con nadie, porque no lo es mismo oír que escuchar y todos tenemos prisa. Cada cual lidia con ello, según las herramientas con las que cuenta y la “mochila” de experiencias que lleva a cuestas.
 
Llorar por cualquier cosa, pérdida del interés por todo, ganas de quedarse siempre en casa, apatía, sensación de derrota, no tener metas, ni ilusiones… esas son, quizás, las primeras señales de alarma de una depresión.
 
Mi marido tuvo dos depresiones y en cada una de ellas reaccioné de manera diferente. En la primera mi única idea era ayudarlo a que se curara, a superarlo y puse todas mis energías en ello ya que no tenía nadie mas de quien ocuparme, éramos solo nosotros y mis sueños de futuro pasaban porque él se recuperaba y volviera a ser el hombre de siempre.
 
Una de las cosas que mas recuerdo era su falta de interés por mí, le echaba de menos como compañero, como hombre, como amante… y lo tenía al lado.
 
Yo conocía que la depresión existía como enfermedad, que no era solo un estado de tristeza, lo que desconocía eran sus límites, la profundidad, el poder devastador que ejerce sobre una persona como para anularla tanto como para que dejes de reconocer a esa persona.
 
La segunda vez que mi marido cayó en una depresión, años después, no lo encajé bien, esta vez ya no estábamos solos el y yo, ya teníamos dos hijos, uno de ellos tenía apenas un año. Sentí muchísima decepción, ahora no podía encargarme de otra persona más, no tenía fuerzas para “tirar del carro” yo sola… otra vez. Me enfadé con él, le grité, le odié por hacerme esto de nuevo… porque yo ya sabía todo lo que tenía por delante: meses de vivir con un pedazo de corcho mientras tenía que sonreír para mis hijos y en condiciones económicas adversas.
 
Con todo esto a mis espaldas, nada menos que con 3 vidas a mi cargo, tenía que ir cada mañana a trabajar, porque yo no podía quedarme en casa a llorar, tenía que mantener a mi familia, tenía que sonreír al mundo, tenía que engañar al mundo porque yo no me podía permitir rendirme. Mi enfado y mi odio solo crecía, incluso ya habiendo pasado por esta enfermedad, incluso sabiendo que no era una decisión voluntaria de mi marido, que era algo que se escapaba a su control.
 
En aquellos momentos estaba tan agotada física y mentalmente, hasta el punto de llegar a plantearme la separación de mi marido, simplemente por esa necesidad de liberación, de desprenderme de esa carga… Con el tiempo entendí, que esa necesidad es la misma que siente un enfermo de depresión cuando necesita “quitarse de en medio”… acabar con el dolor y el sufrimiento a toda costa.
HELP
Aguanté por inercia, porque sabía que, en el fondo, esa separación no traería mas que problemas añadidos y mas sufrimiento para todos, peor, sabía que la vida de mi marido dependería, literalmente, de esa decisión.
 
Por suerte, me encontré con alguien que me escuchó y me ayudó, con una sencilla recomendación, con un simple número de teléfono… el de la especialista que no solo trato y ayudó a mi marido, sino que también me trató a mi, me escuchó y me ayudó… nos salvó a ambos.
 
Ojalá algún día ir al psicólogo sea como ir a hacerse una limpieza de boca, ¿por qué estamos acostumbrados a cuidar nuestra salud dental y no a cuidar nuestra salud mental de igual manera?
 
Necesitamos aprender que ir al psicólogo no es sólo para los “locos”, necesitamos aprender que el alma no siempre se repara con medicamentos, necesitamos aprender a no dejar para mañana lo que puedas reparar hoy.
 
Gracias a David por encontrar la fuerza para pedir ayuda y por esforzarse día a día para salir de esa depresión, porque si uno no toma esas decisiones, si no toma esos primeros pasos, es imposible curarse.
 
Gracias a Ángela y a mi familia por su apoyo y comprensión cuando mi mundo se tambaleaba y por recordarme lo que de verdad importa: siempre luchar unidos.
 
Gracias a Amparo por tocar las teclas adecuadas, por ordenar las ideas, por encajar de nuevo todas las piezas de un puzzle que ya no será nunca el mismo, solo será diferente, solo será mejor.
 
Porque ninguno de los dos, ni mi marido ni yo, podremos ser los mismos de antes después de semejante catarsis, es imposible. Es como subir un nuevo nivel, es un crecimiento personal, es un aprendizaje que te hace reconocer todas tus emociones, todos tus límites, todas tus capacidades y todas tus debilidades… Al fin y al cabo, todas las cicatrices que nos marcan en nuestra vida no sólo nos recuerdan el dolor que nos hicieron sufrir, sino la fuerza con la que ahora somos capaces de mirarlas cada día y seguir adelante… y seguir sonriendo, y seguir amando, y seguir apreciando la rutina de un nuevo día que te anuncia que todo está bien, que todos estamos bien. 
 
Espero que os haya gustado y que os haya servido, me encantaría que lo compartierais para poder ayudar al mayor número de personas y que vean que se puede salir de ese bucle imparable que es la depresión. 
 
Un fuerte abrazo y hasta el próximo día!
 
 
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